lunes, 27 de abril de 2009

¿La bandera de Oshún?

por Ignacio T. Granados

En un artículo anterior se recreaba la leyenda de Oshún y Yemallá, según testimonio de varios sacerdotes; el sentido era ese asombro por el extraño sentido de las cosas, que suelen coincidir cuando se les analiza en perspectiva. La coincidencia de tres figuras patronales de Cuba (La V. de Regla, la V. de la Caridad y San Cristóbal), con una circunstancia tan particular como el caso cubano; sobre todo, la evolución de ese fenómeno de la campaña “Con todas las banderas”, que de un modo tan insólito destapó una oleada de solidaridad y bien estar en la blogo cubana.

Más allá de la religión, no hay dudas, las dialécticas de la realidad ya han sido cifradas en los mitos; y resulta entonces que, si se compara con otras tradiciones, todo cobra también más sentido. Se trata del paralelismo entre Oshún y Afrodita, de las que todo el mundo dice que son “mujeres alegres” —sí, es un eufemismo—; pero cuando esa alegría nace precisamente de la amargura, que mucho debe temer el fiel cuando Oshún se ríe. En verdad, la prostitución y la institución del matrimonio, patronato de esas diosas, alude a la necesidad; también a la dulzura necesaria para materializar anhelos y relaciones, la consideración y el respeto, la ductilidad ante la ofensa.

Lo interesante aquí sería la evolución posterior de Afrodita, que fue rebajada por Homero a virtud (hija) de Dios (Zeus); cuando en realidad era tía de éste según Hesíodo, al ser hija de Urano, como una suerte de titánida. Hacia el final, cuando la historia la asumieron los romanos —¿como los Estados Unidos?— resulta que Afrodita (Venus) materializa su relación con Ares (Marte), que vine siendo como Oggún. Dicen las leyendas, siempre siguiendo a babalaos, que con Oggún llegó el susto a la tierra; el paralelismo con la belicosidad de Ares explicaría eso bastante bien, con aquello de la guerra por la guerra. Más interesante es que en esa evolución Oshún —perdón, Afrodita, Venus— asume las armas de Ares; que sería de donde sale el símbolo ilustracionista de la diosa Razón, la dama guerrera, aunque los ilustracionistas la identificaron con Atenea y chivaron la cosa con el racionalismo filosófico. Es decir, se trataba de que la razón estaba en la satisfacción de las necesidades verdaderas, no de las aparentes; amistad, afecto real, antes que filosofía, verdad aparente, comprensión antes que fuerza, que es como se ganan las cosas, con ductilidad y comprensión. Que, en definitiva, la gente hace siempre lo que quiere, y casi nunca lo que supuestamente debe.

Recordemos que las filosofías terribles que nos separan —con ese supuesto sentido del deber— nacieron en ese esplendor de la Modernidad, fatigadas precisamente en la Postmodernidad; como que aquella opción tan moderna recuerda otra historia, en que un Obatalá —Ayaguná, el amigo de Shangó— es un revoltoso que provoca las revoluciones. Debe ser por eso que la Caridad, la última virtud (hija de Dios), sería la que quede para explicarlo todo, hacia el final; sería como esa adecuación que hace Homero de la Teogonía de Hesíodo, cuando hace a Afrodita hija de Zeus. Es ésta, en definitiva, la que guía a Eneas en el exilio, para que funde lo que será la gloriosa Roma; y en la misma Iliada, es ella la que no puede guerrear, ¡hasta es herida por un mortal!, y los otros dioses —prepotentes— se burlan de ella. Pero en esa guerra perdieron todos, y ella, la menor, tomó a su hijo y lo sacó de aquel desastre; con calma, con paciencia, sin altanerías y por sobre todo, hasta de la misma Dido.

Es sin dudas bonito que ahora no tenga esa violencia con que se desborda el mar en los ciclones, cuando la más bella ventolera le recuerda su naturaleza de cosa libre y con potestad; sino que venga suave, melosa, y nos recuerde que ella soluciona todo con una simple danza... de su bandera, claro.

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