viernes, 23 de septiembre de 2011

El Libro de la Salvación. Génesis (II)

2:1 Se hizo un silencio como ninguno, vasto como un trueno en la segunda noche, cuando Idamanda descendió hacia La Playa.
2:2 Las olas rompían tenuemente sobre la arena y los amantes evolucionaban bajo la cegadora luz del caracol.
2:3 Y dijo Idamanda: En el principio fue el Señor de las Risas, que era un niño, cuando el dinero no pesaba en los bolsillos. Mas hubo un árbol de la sabiduría empujando a los hombres a perder su inocencia, y la perdieron finalmente.
2:4 Y dijo con la espuma coronando sus pies diminutos:
2:5 Entonces los hombres descubrieron su desnudez y corrieron a cubrirse, como quien cierra las ventanas de su casa al aire de La Playa.
2:6 Y dijo: Ya que sólo puede florecer la dicha en el abandono de la inocencia, y sólo sobre ese abono crece permanentemente la plenitud.
2:7 Y los amantes oyeron de súbito una música que venía de muy lejos, planeando como una tormenta sobre Playa Hedónica. Y dijo Idamanda:
2:8 En el silencio avanzó el niño, sobre la música de doscientos mil agujones de esperma –entes repentinamente moribundos--, braceando sin cesar hacia el útero materno.
2:9 Y dijo Idamanda:
2:10 La alegría de bracear en libertad salvó al niño, conformó a la criatura, al Señor de las Risas.
2:11 Y dijo Idamanda:
2:12 Pudo buscar un útero, o el cielo, o su cuna sobre la arena. No importa cómo lo llamen. Lo cierto es que en el mar interior el niño preñó a la madre y nació el Espíritu Inocente, por sobre la expansión de las aguas.
2:13 Y dijo:
2:14 En el Espíritu Inocente florece, en silencio, la canción del Señor de las Risas.
2: 15 Y dijo: Sólo la madre puede recibir al niño. Sólo el niño puede propagar el Espíritu Inocente.

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