domingo, 26 de diciembre de 2010

Aquellas pequeñas cosas

por Armando Añel

Durante toda mi infancia, la Casa de los Espejos permaneció desocupada. Rotos los espejos, rota la casa misma, roto el parque que la cobijaba (Coney Island, hacia el oeste de la ciudad, donde La Habana comenzaba a perder peligrosamente sus formas). Siempre, en el recuerdo, la Casa de los Espejos había sido un deseo irrealizable. Una aspiración recurrente. Un sueño casi. Siempre me preguntaba por qué no arreglaban de una vez el maldito parque, cómo sería perderme en la Casa de los Espejos. Tal vez alguna vez me perdí, demasiado pequeño para después recordarlo, y esas memorias se habían transfigurado en insatisfacción permanente ya a los ocho o diez años, en una capital sin apenas parques de diversiones. Una especie de nostalgia camuflada.


El jueves pasado visité por primera vez la Casa de los Espejos –o por segunda vez y nunca pude recuperar la primera--, pero ahora en Miami. Recobrada demasiado tarde, como suele suceder la casa –más bien una réplica de feria-- me resultó demasiado pequeña, los espejos demasiado planos, el trayecto excesivamente trillado (al final, sin puerta de salida, terminamos deslizándonos por una canalita). Mas sirvió para refrescar una certeza importante: Cuánto valor pueden tener ciertas pequeñas cosas, aparentemente intrascendentes, para un niño. Aquellas pequeñas cosas que no tuvimos en La Habana.

4 comentarios:

EL SITIO DE LA LUZ dijo...

Recuerdos como espejos donde volver a mirar, gracias por compartir

Ernesto G. dijo...

Siempre tuve esa misma fascinación por la casa de los espejos.

Las pequeñas cosas, los grandes textos.

Muy bueno.

Joaquín Gálvez dijo...

Comparto estas memorias. Recuerdo que nunca pude entrar en la casa de los espejos del Coney Island, porque siempre estaba cerrada, seguramente por reparación, como el cine Fausto en La Habana. El Coney Island era una reminiscencia del original y famoso parque de Brooklyn en Nueva York. Los demás parques de diversiones en Cuba, como el parque Lenin, no tenían este tipo de atracción de amusument park norteamericano. Cuando faltan esas pequeñas cosas no hay buena memoria para creer que hubo un tiempo de rosa, parodiando la canción de Serrat. También me sucedió lo mismo: entré por primera vez a esa casa de los espejos aquí, en Miami, en Santa's Enchanted Forest, claro, sin el encanto del tiempo perdido. Excelente texto. Gracias.

Armando Añel dijo...

Gracias a ustedes. Tampoco me tocaron nunca los primeros turnos para comprar los juguetes...