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sábado, 15 de enero de 2022

El racismo y la “Teoría crítica de la raza”

 


Carlos Alberto Montaner

Lo primero es lo primero. Acudan al Washington Post y busquen una gran investigación sobre la esclavitud de los negros en Estados Unidos.  Gracias a Internet lo pueden hacer y es gratis. Nada menos que más de 1700 congresistas, a lo largo de los años y las décadas, tuvieron esclavos, es decir: poseyeron personas. El último de esos congresistas murió en 1914, aunque la Enmienda XIII, que puso en libertad a los esclavos, es de 1865. Entre los ‘propietarios de gentes’ estaban, a mediados del siglo XIX, Andrew Johnson, luego vicepresidente de Abraham Lincoln, Sam Houston, un héroe en Texas y, naturalmente, Jefferson Davis, presidente de la Confederación de Estados del sur.  

Doce presidentes también fueron esclavistas. Mencionemos sólo a tres: George Washington, padre de la independencia nacional, primer presidente del país, y uno de los hombres más ricos de USA. Seguido de Thomas Jefferson, el tercer presidente de la nación. Tras morir su mujer, mantuvo una larga y discreta relación con Sally Hemings, una preciosa mulata esclava, muy joven. Tuvieron seis hijos y cuatro llegaron a la edad adulta. Se ha sabido por las pruebas actuales de ADN realizadas a los descendientes. Y la estrella y fundador del partido demócrata, Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos quien, a principios del siglo XIX, colocó un anuncio en un periódico reclamando un esclavo que había huido de su propiedad. Autorizaba a quien lo encontrara a darle cien azotes por los que él, AJ, le pagaría convenientemente.

Efectivamente, era la época de ser esclavista. Esclavitud había habido siempre, al menos desde que dejaron de matar a los prisioneros de guerra. Pero ya en esa época había políticos o personas dotadas de ética que se negaban a participar en las contradicciones de la esclavitud. Por ejemplo, el segundo presidente de Estados Unido, John Adams y su mujer Abigail Smith, acaso por ser genuinamente puritanos. O el hijo, John Quincy Adams, sexto presidente de USA. Todos en la familia presentaban un juicio moral muy severo contra la esclavitud. Es muy difícil creerse la historia constitucional de EE.UU, o la proclama de 1776, escrita por Thomas Jefferson, en la que se establece que todos los hombres son iguales ante la ley y, simultáneamente, tolerar el racismo y la esclavitud.

Por eso existe la “Teoría crítica de la raza”. No hay que prohibirla, sino tomarla en cuenta. Es el resultado de la desesperación. Es el reconocimiento de que se han agotado las reformas gestionadas por Martin Luther King en la década de los sesenta del siglo XX y el proceso se ha atascado. Es la mejor explicación que hay de la permanencia de esas actitudes, como el racismo, enquistadas y disfrazadas en la cultura estadounidense. ¿Qué es el esfuerzo por lograr la supresión de las minorías de las listas de los electores que se exhibe en numerosos Estados, casi todos vinculados al sur del país?

Una jurista norteamericana, Kimberlé Crenshaw, bella y elegante mulata, profesora en California y Columbia, le ha agregado un matiz muy importante: el feminismo. Véanla en las charlas “TED”. No es lo mismo sufrir los embates del racismo si eres hombre o mujer. Es mucho más severo si eres mujer. Primero votaron los varones negros a partir de 1865. Mucho más adelante sufragaron las mujeres negras, cuando se autorizó el voto femenino en 1920.

Decir que la “Teoría crítica de la raza” es marxista es una falsedad producto de la ignorancia. No tiene nada que ver con el marxismo, aunque toma definiciones y conceptos relacionados con la cultura del italiano Antonio Gramsci. No tiene ningún elemento de lucha de clases, de prescripción de dónde tiene que estar el aparato productivo o de definición de la plusvalía, los tres elementos distintivos del marxismo, como dejó dicho Engels en su oración fúnebre por Marx en 1883, en el momento en que lo entierran.

Incluso, la ‘teoría crítica’ ni siquiera es un corpus “cerrado”, sino “abierto” que irá incorporando temas a medida que los académicos o los pensadores vayan trabajando. Temerle a eso es ridículo. Es temerle a los fantasmas. 

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jueves, 13 de enero de 2022

¿Ego o locura? ¿Por qué tantas personas adoptan las teorías de la conspiración?


Siempre he sospechado que un individuo secuestrado por su ego está, a su vez, al borde del desajuste psiquiátrico. Sin embargo, en texto cuyo enlace les dejo al final de esta entrada, el escritor John Elder separa razonablemente ambas circunstancias -al egotismo de la locura-, abundando sobre las causas de que tantas personas asuman alegremente las teorías de la conspiración.

He aquí un fragmento traducido:

"El ego y el personaje asumido tienden a resistirse al cambio. Es maravilloso tener una cura para los pensamientos peligrosos, pero, ¿cómo lograr que los afectados la adopten?

"Una serie de experimentos en 2016 establecieron una 'asociación sólida' entre la necesidad de singularidad (la necesidad de una persona de sentirse especial), la mentalidad de la conspiración y la asunción de creencias conspirativas específicas.

"En otras palabras, el deseo de ser visto como único y especial sirve como motivación para asumir teorías conspirativas. Lo cual pone en duda la naturaleza demencial de estas creencias. Puede darse el caso de que, en algunas personas, el ego se imponga a cualquier consideración adicional.

"Vale la pena tenerlo en cuenta al considerar el comportamiento aparentemente autodestructivo de ciertas celebridades adictas a las teorías de la conspiración".

https://thenewdaily.com.au/life/science/2021/07/25/conspiracy-theorists-lack-critical-thinking/

domingo, 9 de enero de 2022

Biden y Trump, frente a frente un año después

 


Carlos Alberto Montaner

 

Tal vez al presidente Joe Biden debió denunciar a Donald Trump mucho antes. Cuando era evidente que fabricaba una mentira tras otra sin importarle el daño que le hiciera a la democracia estadounidense.  Afortunadamente (es mejor tarde que nunca), habló el jueves 6 de enero, al año justo de haberse asomado a la catástrofe.

 

Los datos son de mi nieta Paola Ramos, también periodista, aunque buena. Cuando era muy joven y estaba undergraduate en una universidad de New York, se sorprendió del grado de antiamericanismo que existía en ese college, pese a que ella tenía la sensación de que vivía en una sociedad estable. Hoy no le extraña que en una encuesta de Harvard “sólo el 7% de los jóvenes en el país piensa que vive en una democracia sana”, más de la mitad estima que es una “democracia fallida”, y el 35% cree que en el país, lógicamente, se desatará una guerra civil.

 

Después de la segunda guerra mundial, en 1945 emergió Estados Unidos como una de las dos potencias que se enseñorearon en el mundo hasta que en diciembre de 1991 estalló la URSS y comenzó la década de Boris Yeltsin y de “salvar a Rusia del peso de la Unión Soviética”. 

 

USA, a partir de ese punto, se quedó sola en el planeta. Habían sido 75 años de hegemonía acompañada o sola. Obviamente, en algún momento Estados Unidos será desplazado y reemplazado por otra potencia. En el siglo XV fue Portugal. En el XVI y XVII le tocó a España. En el XVIII, grosso modo, Francia e Inglaterra representaron el papel. Inglaterra, durante todo el XIX y Alemania, a partir del Canciller Bismark, a mediados de ese siglo, fueron los poderes claves. 

 

¿Ya es hora del reemplazo de Estados Unidos? Joseph S. Nye, el gran politólogo de Harvard University, no lo cree. Primero, porque no percibe los síntomas de deterioro que le atribuyen a USA. Siguen vinculados al país los más importantes centros de enseñanza e investigación del planeta. Las mayores fuerzas armadas, dotadas de grandes presupuestos, de una vitalidad tremenda, y de un excelente sistema de investigación, a lo se agrega un aparato productivo como nadie había contemplado en el país y fuera de él. Y, segundo, porque no cree que hoy, hasta la fecha, ningún país esté dispuesto o pueda desempeñar el rol de cabeza del mundo. 

 

¿Y qué hay de los rusos y los chinos? Los rusos, porque se han convertido en un poder de segunda categoría que posee las características exportadoras de una nación del tercer mundo: sólo exportan gas y petróleo. Si por un mágico destino desaparecieran súbitamente de la faz de la tierra, nadie echaría en falta a Rusia. Los chinos, porque carecen de productividad aunque bordean el PIB de USA. Además, están rodeados de enemigos: Japón, Filipinas, Vietnam. Si se miden los ingresos en PPP se dejan fuera las importaciones que deben hacer. Incluso, son mil cuatrocientos millones de personas contra 330 que existen en USA. Por otra parte, de acuerdo con el último censo hay nueve mil millonarios norteamericanos y esa es una demostración de fortaleza de la economía (VisualPolitik).  

 

En fin, siempre habrá maneras racionales de descartar la competencia. Pero lo cierto es que Donald Trump estaba poniéndole punto final al soft power (entonces no se llamaba así) con que se había inaugurado la diplomacia americana en época de Franklin D. Roosevelt en Bretton Woods, en 1944, y más aún desde que Harry S. Truman asumió la presidencia tras la inesperada muerte de FDR el 12 de abril de 1945.

 

Trump maltrataba a sus aliados de la OTAN. Adoptando los ademanes de un Mussolini de pacotilla, Trump empujaba a Dusko Marcovic, al internacionalmente desconocido primer ministro de Montenegro, un diminuto Estado constituido en lo que fuera Yugoslavia, o se negaba a visitar a la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, porque no le podía o quería vender Groenlandia. 

 

El presidente de Estados Unidos continuaba siendo un vendedor de bienes raíces de New York que decía cualquier cosa con tal de lograr sus fines. Hay un revelador libro de Andrea Bernstein (Los oligarcas estadounidenses) que explica por qué hay que tomar en serio a Donald Trump. No es un accidente aislado. No se puede gobernar un país en el que la verdad y la mentira se confunden y tienen la misma jerarquía.

 

Es cierto que Internet contribuye al ambiente festivo del entorno de Trump. Donde se puede decir casi cualquier cosa con la certeza de que unos crédulos la tomarán en serio.  


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El racismo y la “Teoría crítica de la raza”

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