domingo, 2 de mayo de 2021

Ángela Merkel, la Canciller que no era una modelo

 


Carlos Alberto Montaner

Ángela Merkel tiene la cabeza mejor formada del universo político mundial. Posee un doctorado en Física Cuántica de la Universidad de Leipzig. Se graduó con una tesis denominada “Influencia de la correlación espacial de la velocidad de reacción biomolecular de reacciones elementales en los medios densos”. Ante ese título me sucede como al torero del cuento, cuando le pidieron que explicara un verso de Rubén Darío del Responso a Verlaine (“que púberes canéforas te ofrenden el acanto”). Respondió: “no sé, solo entiendo la palabra que”.

Por esa universidad habían pasado Goethe y Friedrich Nietzsche. Cuando se graduó, en 1986, su Alma Mater se llamaba “Karl Marx”, y así fue desde 1953 hasta 1991. Cuando los berlineses derribaron el Muro y terminó la locura comunista, volvió a llamarse “Universidad de Leipzig”. Afortunadamente, la institución sólo fue víctima del “nominalismo”. Esa manía supersticiosa que tienen los ‘revolucionarios’ de cambiarles los nombres a las plazas, calles y edificios que tienen cierta entidad. Los revolucionarios franceses en los siglos XVIII y XIX llegaron a más: les cambiaron los nombres a los meses.

En el 2018 Ángela Merkel anunció que su cuarto mandato, que termina en el 2021, sería el último. Lo va cumpliendo. Por ahora ha dejado el liderazgo del CPU, el Partido Democristiano. Al frente del partido queda Armin Laschet, un centrista, como era la señora Merkel, persona alejada de cualquier extremismo político, lo que la llevó, en su momento, a chocar con Donald Trump.

Cuando, en circunstancias normales, se pide a los electores de cualquier país que se sitúen en una tabla donde figura la extrema izquierda con el número 1, a la extrema derecha, con el número 10, la gran mayoría se sitúa entre el 4 y el 7, es decir, en el centro. Unas veces centro izquierda y otras centro derecha, pero en el centro del espectro político.

La moderación es vital. Alemania es el país más importante de Europa. El que, con algo más de 83 millones de habitantes, tiene una mayor población. Aunque su territorio (más reducido que el Estado de Montana en USA) es considerablemente menor que el de España o Francia, es el país que más exporta. El que más innova. El que más investiga. (Poca gente sabe que la reforma universitaria norteamericana del siglo XIX se hizo siguiendo el modelo alemán, no el británico). Es, por lo tanto, la cabeza de la Unión Europea, en compañía de Francia.

Pero la ultraderecha y la ultraizquierda amenazan la existencia misma de la Unión Europea. ¿Por qué? Porque ambas coinciden en el anti europeísmo, en el proteccionismo y la anti globalización. Lo que parecía una rareza francesa con Jean-Marie Le Pen, luego continuada por su hija “Marine” Le Pen, se ha multiplicado y consolidado en la Liga Norte de Matteo Salvini, en la “Alternativa por Alemania” y, entre otros, el “Fidesz” húngaro de Viktor Orbán, quien comenzó siendo un joven apegado a los principios liberales moderados y se fue desplazando hacia la extrema derecha por su rechazo a los inmigrantes procedentes de Siria.

Por su parte, la ultraizquierda apoya a los socialistas en Portugal, en España, en Finlandia, y respaldan con sus parlamentarios a los gobiernos suecos y daneses, pero tienen menos peso y brío que las formaciones de extrema derecha que crecen como la espuma.

Ese fenómeno se frenó en la Alemania de Ángela Merkel. Tal vez por la honradez sin fisuras de la Canciller que ahora se retira. Saber que vive en el mismo departamento de siempre, y que ni siquiera cuenta con servicio porque dice no necesitarlo, le complace a los alemanes. En una oportunidad una periodista le preguntó a la Canciller por qué  se presentaba con el mismo vestido a distintas ceremonias. Merkel la miró con extrañeza y le respondió: “porque yo no soy una modelo, sino una Canciller”. Por respuestas como ésa la aplauden y la aman los alemanes. 

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sábado, 24 de abril de 2021

¿Se suicidarán los peruanos?


Carlos Alberto Montaner

Las dos encuestas nacionales hechas en Perú dan ganador a Pedro Castillo frente a Keiko Fujimori. La última le concede una ventaja de 16 puntos. Es verdad que falta un mes y medio para el balotaje, que será el 6 de junio, y que hay un 40% de indecisos, pero cumplo con mi deber de avisarles a los peruanos que cometerán un suicidio colectivo si instalan en la casa de gobierno a Pedro Castillo.  Les hice la misma advertencia a los venezolanos en 1998 con respecto a Hugo Chávez, pero se rieron de mí. “Ya está este agorero cubano anunciando una catástrofe”, decían. Y la catástrofe sucedió, como cuentan los casi seis millones de venezolanos que han tenido que huir de su país para alimentarse.

Castillo es un maestro que monta a caballo. Hasta ahí no hay nada que objetar. Muchos maestros montan a caballo en Perú, especialmente en las zonas rurales. El problema es de otra índole. Castillo se ha creído el cuento del socialismo del siglo XXI. Es un sindicalista radical que adquirió cierta fama acaudillando algunas huelgas en el magisterio. Es castrista y chavista. Como nació en 1969, Castillo no conoció el horror del precursor de ese engendro en Perú: el general Juan Velasco Alvarado. Tenía sólo un añito cuando el general entró en 1968 como una tromba en el Palacio de Pizarro.

Juan Velasco Alvarado, un militar nacionalista, dio un golpe contra el gobierno democrático del arquitecto Fernando Belaúnde Terry. Estableció una dictadura populista de izquierda, demostrando que no hace falta ser marxista para equivocarse de plano. Su pretexto para el golpe era que había desaparecido la página 11 del convenio entre el Estado peruano y una compañía extranjera que le debía cierta cantidad de dinero en un pleito que se eternizaba. No obstante, como estableció Jaime Althaus, un periodista y antropólogo peruano excepcional, la verdad era que Velasco, como tantos militares, le tenía un odio feroz al APRA y todas las encuestas le daban la victoria a ese partido. El general arribó al poder a hacer la mítica revolución. Nacionalizó el petróleo, la pesca, la minería, casi toda la banca, y los servicios públicos, hizo una demagógica reforma agraria e impidió que Víctor Raúl Haya de la Torre fuera presidente de Perú. Era, como queda dicho,  profundamente antiaprista.  

Velasco duró hasta 1975, cuando otro general, Francisco Morales Bermúdez, invocando la “verdadera revolución marxista” le dio otro golpe, pero se aconsejó, restauró el mercado y las libertades, y en las elecciones de 1980 Belaúnde regresó al poder. Sin embargo, no fue hasta los años noventa cuando Perú volvió a crecer, gracias a la política económica de Alberto Fujimori, parcialmente robada al programa de Mario Vargas Llosa, aunque sin el talante liberal y el respeto a la ley que el novelista pensaba imprimirles a su gobierno.

Afortunadamente para el Perú, todos los gobernantes que siguieron a la dictadura de Fujimori –Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, el segundo Alan García (el primero fue un desastre), Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, incluso Francisco Sagasti, quien fundamentalmente ha tenido que lidiar con la pandemia– han continuado las directrices liberales promercado que dejó trazadas Fujimori, lo que explica el éxito relativo de la economía peruana. 

Todo eso sería destruido en un gobierno de Pedro Castillo. De la misma manera que Hugo Chávez y Nicolás Maduro hicieron añicos la pujante economía venezolana, o los Castro hundieron la economía cubana logrando el contra milagro de desbaratar la producción azucarera, al extremo de que hoy el agro genera lo mismo que producía en 1894, cuando la Isla tenía un millón de habitantes y no estaba electrificada. Así será diezmada la producción peruana.

La manera de evitarlo es votar por Keiko Fujimori. Vale la pena ver y escuchar los argumentos de Mario y Álvaro Vargas Llosa, dado que ambos apoyaron a Oyanta Humala y a PPK cuando previamente se enfrentaron a Keiko. En democracia uno no siempre elige al aliado o al adversario. Abstenerse o votar en blanco es sufragar por quien está a la cabeza de las elecciones. Es cierta la complicidad de Alberto Fujimori con la corrupción y los crímenes de Montesinos, o el charco de corrupción en el que chapotean casi todos los políticos peruanos, pero eso está en el pasado y de lo que se trata es de salvar el futuro. Ojalá los peruanos no se suiciden en masa.

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jueves, 22 de abril de 2021

Nietzsche en el cachumbambé


José Hugo Fernández

Como las flores del cactus, el aforismo suele proliferar en los ambientes oscuros. Tal vez ello explique la puntualidad con la que cada cierto tiempo asistimos a su rebrote público. Sobre todo en días como los actuales. Pues, con todo y que los aforismos, junto a otros tipos de paremias, vienen haciendo lo suyo casi desde el inicio del habla humana, es en los momentos convulsos, enrarecidos e inestables cuando más se prodigan. 

Posiblemente se deba a ese singular poder de concisión que le permite emitir chispas de lucidez en medio de la oscuridad, develando, de un plumazo, significaciones que de otra manera resultaría difícil resumir con tan pocas palabras (a veces ni con muchas), y con igual facilidad para la comprensión de cualquier clase de destinatario, en cualquier lengua.

El aforismo es aquello que leemos más allá de la página, lo que no deja lugar para certezas irremplazables. Una suerte de atajo dado a diseminar fronteras entre la poesía y la filosofía.

No en balde esa ductilidad que le faculta para alumbrar a todos, de acuerdo con los horizontes de cada cual, a la vez que todos se sienten por igual motivados para desgranar sus propios aforismos. Y aún más actualmente, con el auge de las nuevas tecnologías y las redes de comunicación social. ¿Quién que es no ha encajado en Facebook su dardo, como solía llamarles Nietzsche, o se ha resistido a la tentación de lanzar algún que otro “pensamiento estrangulado”, que es como solía denominarlos Cioran?

Entre los cubanos será difícil hallar una sola excepción. Con lo mucho que nos gusta aleccionar y con nuestra marcada tendencia al énfasis y a decirlo todo en octosílabos, pareciera que nacimos destinados a convertirnos en los campeones del aforismo en las redes.

Sin embargo, llama la atención la escasez de libros sobre este género que han sido publicados por escritores cubanos contemporáneos. ¿Será que preferimos reservar el aforismo, la sentencia, el adagio –con el resto de la parentela- para el lenguaje oral o circunstancial, mientras que algún raro pudor nos frena a la hora de plasmarlos en libros cuyos predecesores conforman ejemplos de gran valía en la historia del pensamiento y la literatura?

Afortunadamente, resulta más fácil hallar excepciones en este caso. Sin ir lejos, no hace mucho comentábamos Meditaciones de Cantinflas o el intérprete digital en la Sociedad del Disparate, afinado, oportuno, delicioso y agudo libro de aforismos con el que Armando Añel desmonta temores sobre nuestra cortedad ante el género como literatura.  

Y ahora, además, la suerte ha traído a nuestras manos Breviario de identidad, otro magnífico volumen de aforismos, escrito por el cubano José M. Betancourt, quien se ha tomado a pecho, sin duda, la colocación del género entre las prioridades de nuestra literatura de hoy. Lo mejor es que parece haberlo hecho sin que le sonrojara la expectativa de codearse con sus más serios e ilustres hacedores históricos, llámense Wittgenstein, Pascal, Séneca, Lao Tse o La Bruyére... todos identificables en una de sus dos principales corrientes de influencias, mientras que en la otra domina Nietzsche, como el clásico elefante que mantiene en vilo a los ocupantes del extremo contrario en el cachumbambé.

“El poder, que por siglos escribió la historia, ha sido degradado a desmentirla”. “A efectos de frustrar el vuelo, sirve igual dar alas enormes como cortarlas”. “La libertad no existe sino a puertas cerradas; el menor contacto con el exterior la compromete”. “Cuando lo único que tengo es que elegir, tengo una pérdida”. “El comunismo y el fascismo son siameses que se aborrecen por su incapacidad de separarse”. “El sentido común no es una meta, es un límite”. He aquí, a modo de un ligero piscolabis, algunos de los dardos con que José M. Betancourt nos adentra en su nietzscheana y a la vez muy cubana manera de reanimar el aforismo también en nuestros medios literarios. Enhorabuena. 

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Para adquirir el libro, escribir al email: 

josephbetan.jb@gmail.com

Ángela Merkel, la Canciller que no era una modelo

  Carlos Alberto Montaner Ángela Merkel tiene la cabeza mejor formada del universo político mundial. Posee un doctorado en Física Cuántica d...