miércoles, 22 de abril de 2009

Un aniversario simbólico

por Armando Añel

Este 22 de abril se cumplen nueve años de la acción en la que agentes del INS tomaron por asalto la casa de la Pequeña Habana donde se encontraba Elián González, el niño balsero. Contemplar, con la sobriedad que otorga casi una década de distancia las reacciones que en su día provocara el caso, constituye un baño de realidad. Esto en el sentido de que el observador agudo, y desprejuiciado, puede distinguir al cabo que ante sí no tiene un drama familiar únicamente, ni siquiera un enfrentamiento político, sino una circunstancia mucho más relevante y abarcadora: la tragedia del secuestro de toda una nación a manos de una simbología.

Es la lucha en torno a la simbología lo que impregna la historia de Elián, valga la redundancia, de un simbolismo por fin beneficioso, bueno para entender mejor una tragedia que dura ya medio siglo. Lo que en aquel momento desató la ira de los cubanos de ambas orillas –y hablamos, por supuesto, de aquellos cubanos que asumieron el episodio espontáneamente, sin segundas intenciones- fue precisamente la defensa o el deseo de apropiarse de un símbolo, básicamente el de la nación (o, para decirlo más ardientemente, el de la patria).

En el caso de los cubanos del exilio, Elián simbolizaba la nación ultrajada que, por una jugada de la providencia, finalmente se libraba de la camisa de fuerza del castrismo. Las circunstancias que rodearon la aparición del niño apuntaban a reforzar ese símbolo: el sacrificio de su madre, prófuga del totalitarismo; la imagen del pequeño flotando a la deriva, en dirección a tierras de libertad; el hecho de que no tuviera heridas de consideración luego de varios días en alta mar y la cuasi milagrosa intervención de Donato Dalrymple, que ni siquiera era un pescador profesional. Todo ello aderezado con especulaciones e imágenes –delfines, la Virgen María, etcétera- que también recurrían a lo simbólico como argumento disuasorio.

En el caso de los cubanos de la Isla, la lucha también se desarrolló en torno al altar del nacionalismo. Aquellos que espontáneamente pedían el regreso del niño a Cuba visualizaban un escenario en el que el poderoso vecino del norte ultrajaba a “la patria, la revolución y el socialismo”. La “mafia de Miami”, mano derecha del “Imperio”, revelaba una vez más su naturaleza entreguista e inhumana, negándole a un pobre niño huérfano, en su día “secuestrado” por su madre, la posibilidad de fundirse en un abrazo con su progenitor (Castro, no González, porque hay que recordar que a los ojos del nacionalismo castrista el hermano mayor es el padre de todas las cosas). La simbología patria al servicio de la coyuntura política, como lamentablemente suele suceder. Y no sólo entre cubanos.

3 comentarios:

chiquitacubana dijo...

Bueno este post, siempre me ha impresionado la simbologia , de todas me quedo con la humana, y una profunda pena por ese niño.
NO sé que pensara de su vida, pero el trauma es grande. Espero que un dia, él pueda escoger.

Anónimo dijo...

siempre que salga de ahi!

Anónimo dijo...

Muy bueno Añelon. Te leo bastante. Saludos a la familia.
Richard