miércoles, 11 de noviembre de 2009

Scarface

por Denis Fortún

Steven Bauer se me paró delante y me dijo sonriendo:

-Asere, ¿qué bolá? Me voy pa’ LA. Just tell me where I can find my gate…

Por supuesto que me quedé sorprendido. Acto seguido, estrechando su mano, contesté:

-¡Carajo! El mismísimo ecobio de Tony Montana --lamentando no acordarme del nombre de su personaje. Luego le mostré cómo podía llegar a la puerta, otro apretón de manos, y cada uno a lo suyo.

Recuerdo la primera vez que la vi. Todo un acto de clandestinaje. Con un casete formato Beta entre sus manos, y un comportamiento muy misterioso, se apareció aquella noche un amigo. A unos pocos elegidos nos avisó que en casa del único del barrio que tenía un video reproductor --hoy dinosaurio de la tecnología-- iba a poner Scarface.

La gran mayoría habíamos oído hablar de la película. Habían pasado apenas tres años de los sucesos de la embajada del Perú y el largometraje contaba el “éxito” de un cubano en Miami y las cosas que hacía con tal de ganar una cantidad enorme de dinero. Asimismo, ver imágenes del Mariel reales, las que nunca se publicitaron por la televisión oficial, era otro gancho. Y por último, un tipo como Al Pacino, un monstruo de la actuación, diciendo “monina” al lado de una belleza como Michelle Pfeiffer… ¡y junto a otro actor cubano de verdad! Sin dudas un hecho excitante para unos jóvenes de entre 15 y 17 años atiborrados de monocromía y productos con finales Koniec.

Desde luego, la madre del socio del reproductor de video nos leyó la cartilla: la casa bien cerrada y nada de fumar, nada de hablar alto y menos con un trago de por medio. El socio mismo, después de que su mamá nos advirtiese en qué condiciones íbamos a ver la famosa y controversial película, con aire de importante, como en una representación teatral, lentamente puso el pequeño casete y, antes de pinchar play, nos miró con extrema solemnidad: “El que diga que vio Caracortada aquí lo descojono. Esto está prohibido y pueden perjudicar al viejo”.

Que dicho sea de paso, por esos días andaba en provincias tras su regreso del Canadá, de donde se había traído el envidiado aparato. Para nosotros resultaba un tesoro increíble, una alternativa al aburrido divertimento. Por lo que además, de cometranca probado, el socio pasó a ser el más querido, defendido y respetado “ecobio” del barrio.

De la serie Crónicas del Aeropuerto

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