viernes, 15 de octubre de 2010

El caudillito

por Manuel Gayol Mecías

El caudillo español en Cuba creó, de alguna forma genética, a los caudillitos. Cada cubano tiene un caudillito dentro, una verdad, una razón, una división. Es un asunto psíquico aparentemente hereditario. Aunque el individualismo del líder y el divisionismo como tal son temas universales, que andan de la mano, de España le viene a América Latina. Y en específico, y en mucho, en los cubanos se extralimita para pasar de la divergencia a la disidencia y ya, de una manera muy negativa, a la discordia.

Nos damos a opinar como en un arrebato irrefrenable, en todos los temas posibles, con todos los argumentos que puedan pensarse. Es como que en nosotros prima el sentido de la diversidad… todos opinamos (yo, tú, él/ella, nosotros, vosotros, ellos/ellas, opinamos), con frecuencia, sin control. No se puede negar que el cubano discute de manera afiebrada y escandaliza, y la voz se va a las alturas, una voz por encima de la otra, a ver quién escandaliza más fuerte, y se disgrega en las conversaciones, cambia de tema con una rapidez inusitada, y esto lo hace de una manera natural. Otras, con el sentido también natural de hacer valer una opinión noble y válida, de contradicción armónica.

En este tipo de sustentación con criterio agudo, veraz, de argumentación polarizada pero bien encauzada, la característica del caudillito, ese diablito buena-gente que se sale del inconsciente --¿o del consciente?-- y se posa sobre tu hombro para decirte cómo van las cosas o por dónde hay que tomar, hace que el hecho hereditario se torne brillante, se conforme en cualidad discrepante que da paso a resultantes de pensamiento múltiple.

De aquí entonces que, con la divergencia y la disidencia, el cubano tenga una potencialidad democrática en su propia naturaleza. Pero cuando ello se distorsiona, cuando el genio del ego sale, entonces asoma ese caudillo hispano de Velázquez, de Cortés o de Alvarado, y el sentido discrepante se convierte en empresa loca, en misión endiablada como la de Lope de Aguirre en busca de El Dorado, en aventura implacable, en sino despiadado y destino adverso, trasmutado por no se sabe qué genética neuronal a Fidel Castro. El carisma del engendro encuentra así, en lo militar y lo político, una vía y voluntad de ser.

4 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Un englobamiento muy pertinente de un comportamiento no sólo cubano, porque el divisionismo y el caudillismo es un rasgo propiamente latinoamericano. Aunque por cierto que acá en el sur hablamos más bajo, y antes que la discusión suba mucho de tono ya nos estamos agarrando a botellazos. Esa constante "a viva voz" es algo muy llamativo del pueblo cubano. A oídos nuestros resulta una música encantadora.

El caudillismo ha sido acallado a sangre y fuego apenas se manifiesta en estos rincones. Nuestra oligarquía se ha perpetuado casi sin variación durante más de doscientos años y no tolera que le aparezcan competidores. ¿Bueno o malo para el pueblo? Cada uno tiene su respuesta. Para mí es pésimo pues tengo alma de caudillo. A menudo me embiste la pregunta ¿por qué ellos y no nosotros? y a falta de una respuesta coherente, prosigo pateándole el trasero al viento.

Excelente artículo, estimado Manuel.

Anónimo dijo...

excelent!

Manuel Gayol Mecias dijo...

Querido Muzam: ciertamente es un halago para mi recibir tus comentarios. Yo creo que sí, que estamos de acuerdo, como no. Pero déjame explicarte algo. Esto que leíste es sólo un post que hizo mi amigo y escritor Armando Añel, quien dirige este blog de Cuba Inglesa, sobre uno de los capítulos míos del libro inédito que tengo titulado 1959: Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada, debido a que era necesario sintetizar, y él lo hizo con excelencia. Pero en este tipo de tema uno muchas veces se queda corto, porque hay mucho que decir.

Creo que en estos tiempos nos es provechoso seguir indagando sobre la problemática del caudillo, y la diferencia que puede existir entre el caudillito normal que llevamos todos adentro, buena gente, discutidor, pilluelo y democrático, y lo que puede ser ya el caudillo, que nos ha querido dominar, en cualquiera de nuestros pueblos. Lo que sucede es que en este caso sólo estoy hablando de Cuba, aun cuando en mi libro hago aclaraciones de que este fenómeno, que nos viene de los españoles, al parecer, genéticamente, pues también está diseminado en toda América Latina. Te podría hacer llegar dos capítulos de ese libro al respecto: “Un líder para la discordia” y el otro: “La próxima mujer y el último caudillo”.

Tus comentarios me estimulan para seguir en este bregar de la imaginación política. Te doy un abrazo,

Manuel

Armando Añel dijo...

Creo que el tema del caudillo trasciende lo oligárquico, en el sentido de que el caudillo puede pertenecer a una oligarquía o no. ¿Porque qué es el castrismo sino una oligarquía además de una dictadura y de una mafia, por ejemplo? Seguir combatiendo el caudillismo y otros autoritarismos a partir del crecimiento de la sociedad civil y de la responsabilidad individual, me parece que es el camino. Por supuesto, la oveja, el hombre-masa, sigue siendo mayoritario, y lo será durante mucho tiempo, pero aceptar eso como una realidad inmutable no me parece de recibo. Siempre hay que intentar crecer, aun cuando todo parezca oponerse al crecimiento.
Gracias a ti Jorge, y siempre agradecidos por el apoyo invaluable de Manuel.
Saludos