domingo, 3 de octubre de 2010

Fidel Castro, el Tartufo impostor (IV)

por José Luis Sito

Nunca, jamás en la historia, un dictador, ni cualquier hombre político, había utilizado el tiempo de la manera en que lo ha utilizado Fidel Castro: para llenarlo únicamente de palabras. Pero es que en realidad no hizo otra cosa durante medio siglo, mientras que a su alrededor caían los hombres y las piedras por despeñaderos. Este desastre puede encontrar su esclarecimiento en este afán preciso y meticuloso de ocultar la mentira, bajo alargadas noches ocupadas en planes, maniobras y tácticas cogitabundas, retóricas, propagandísticas. En noches y días ocupados exclusivamente en buscar la forma demagógica y la manera hipócrita en que la mentira no fuese nunca descubierta.

La “cosa” terminó transformándose rápidamente en locura, pero una locura que contiene su “locura racional”, su lógica interna. ¡La totalidad de toda su incontinencia verbal alcanza las 10.000 páginas! La monología del dictador: una colección insensata de mentiras. La función de todos estos monólogos fue y sigue siendo de orden práctico. Toda una pragmática de la ocultación, de la disimulación, del engaño. Hablar para ocultar, hablar sin descanso para imponer la mentira, para meterla en todas las cabezas. “Y cuando alguien no comprenda algo, no cesen de discutir con él hasta que comprenda”, insiste el dictador.

Las 10.000 páginas de los monólogos de Castro constituyen una gigantesca colección de mentiras. Mentiras y más mentiras. Y como todo verdadero mentiroso, comienza asegurando de que no miente. Es esa su primera mentira: “¿Es que acaso pudiera alguien afirmar que le hemos mentido alguna vez al pueblo? ¿Es que puede alguien pensar que nos ha faltado alguna vez valor para hablarle al pueblo? ¿Es que puede alguien pensar que carecemos de la sinceridad necesaria para decir al pueblo lo que sentimos? ¿Es que acaso puede pensarse que somos unos hipócritas o unos cobardes?”. “Jamás, por ninguna razón del mundo, prostituiremos nuestra conciencia con la mentira o con la hipocresía”, declaraba el Tartufo el 8 de mayo de 1959.

Ante la Prensa. CMQ-TV. 2 de abril de 1959:

“¿Y qué se pretende, que nosotros vengamos a clausurar, a perseguir ideas? No señor, digo terminantemente que no… Yo no hago distinción y como gobernante tengo que tener un respeto igual para todas las ideas, para todas las creencias, aunque no sean las de uno, respeto para todos los derechos, porque aquí se ha llamado democracia a darle derechos a unos y perseguir a otros. El otro día hubo una discusión en una estación de radio entre católicos y comunistas. Estaban discutiendo ideas. Discutir ideas con razones, es como se deben discutir, a la luz pública. Otra cosa es imponer las ideas por la fuerza. Si perseguimos a un periódico y lo clausuramos, ¡ah!, cuando se empiece por clausurar un periódico, no se podrá sentir seguro ningún diario, cuando se empiece a perseguir a un hombre por sus ideas políticas no se podrá sentir seguro nadie, cuando se empiece a hacer restricciones, no se podrá sentir seguro ningún derecho”. Un año más tarde, después de haberlos cerrados todos uno por uno, será clausurado el último periódico libre de Cuba, el Diario de la Marina, principal periódico del país y crítico de Castro.

Con martillazos retóricos, el Tartufo impostor iba fabricando una realidad ficticia y simulada que acabó en una máscara incesante, una mentira generalizada donde Fifo, así nombrado por Reynaldo Arenas, es el rey “de un carnaval sin sombras… cada cual se ajusta la máscara que más le conviene y la traición y el meneo forman parte de la trama oficial y de nuestra tradición fundamental”.

El Tartufo fundaba una sangrienta tartufería y un tartufismo generalizado.

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