martes, 18 de enero de 2011

Pedro Merino: El vacío

Era un dictamen de archivo, para siempre. De basura quemada en un pozo ciego. Tumbado en la cama de ¿cuidados intensivos?, Mayito no recordaba la caída desde un tercer piso y repetía sin saber: ¿qué yo hago aquí? Los padres contemplaban el cuadro de novela policíaca. ¿Mamá? Sollozaba sin clemencia y lo veía nacer como aquel día. A Mayito no le salían lágrimas, mientras sangraba por los oídos, tosía un viento de carne y hueso inútiles. El hermano menor lo miraba entre neblinas de llantos, sin cuentos antes de dormir, ni juguete arreglado, de ir y regresar solo de la escuela. Dime, hermanito, que nadie me entiende, ¿por qué están todos así?

Los compañeros de aula pegaban, algunos, la nariz y manos al cristal del féretro y otros daban vueltas como después de un mal examen. Era un viaje a otro firmamento. Pero Mayito no conoció el amor. Llegó y se fue en una cama hacia otra estación, eternamente.