viernes, 13 de enero de 2012

La rivadavia en el himeneo (Smoke on the Water)

¿Qué había sido del himeneo?, se preguntaba Richard del Monte en sus Crónicas del Año del Cerdo. ¿Qué se proponía el himeneo? ¿Hacia dónde viajaba verdaderamente? ¿Acaso era el Himeneo de la Refundación un pretexto, únicamente una tapadera, una codificación metafórica a través de la cual, sagazmente, Beatriz de Eugenia y su amante británico habían pretendido introducir la rivadavia por la puerta de la cocina de El Lenguaje?


En Thamacun todo era posible, en los días de la Refundación, en el tiempo en que la marquesa y Richard Megan ponían patas arriba la épica contractual de la colonización británica. “Los ingleses, pese a su retórica hedonista legendaria, nunca se han desnudado de verdad”, observaría en pleno Tercer Éxodo el cronista Ángel Velázquez Callejas, pero precisamente por ello, si es que ello podía asimilarse sin fisuras, la cubana y el ajedrecista habían refundado el Reducto calle por calle, casa por casa, cama por cama. Habían descolocado a los ingleses desde las crónicas nudistas de la ciudad tomada, y ya nada sería igual que antes.

Si Malver Adenauer había instaurado una simbología porcina buena para recrear El Hecho desde la desmitificación, el Himeneo de la Refundación había estrenado un existencialismo práctico en que el placer desnudaba al placer, deslizándose por la canalita de la rivadavia. Entonces los cuerpos se amaban en lugar de desearse, se entregaban en lugar de poseerse, se desnudaban en lugar de quitarse la ropa. Entonces, en lugar de penetrar a la marquesa, Megan la desposaba en El Hecho: descendía hacia los labios entreabiertos de su virgo virgen –eternamente núbil en su asombro irreductible--, dilataba cada vaso del clítoris hermafrodita, flotaba en la sangre que hervía en las venas aristócratas, supurando, y esnifando, sus jugos interiores. Con Deep Purple antes de tiempo: Fumando en el agua.

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