sábado, 23 de octubre de 2010

Sobre anécdotas, cuentos, chanzas y chistes

por Pedro Merino

Escribir es un reto, ya sea ficción o no-ficción. Aunque la ficción es una mentira literaria, llama la atención la confusión existente en la literatura que muchos autores noveles e, inclusive, con trayectoria --diríase que literaria-- tratan de llevar al papel. Y es que la crítica, la buena, ha mostrado o desarrollado conceptos sobre lo que son las anécdotas (narraciones basadas en un suceso, por ejemplo, que narra una historia), y sobre el cuento (narraciones cortas --el minicuento, mientras menos oraciones tenga, mejor--, de pocas cuartillas, que son narradas con tensión e intensidad). Sobre las chanzas o chistes, es obvio que se entienda el fin con que fue creada esa narración de burla, sarcasmo, etcétera, que nada tiene que ver con las dos primeras.

Cada escritor posee un lenguaje en relación al lector, medio o culto, al cual quiere llegar. Lezama Lima utilizó una prosa elegante en Paradiso; sin embargo, la mayoría de sus lectores sólo entendió su capítulo VIII, donde cohabitan personajes desnudos, escenas coitales, etcétera. Es evidente que ese capítulo fue dedicado a un lector medio. No así el resto de la novela.

También, el propio Alejo Carpentier no sabía llegar al lector a través de diálogos, pero su prosa barroca logró enternecer a un sector del público y la crítica. En El reino de este mundo, se aprecia ese acercamiento a un lector culto.

No recuerdo ahora el nombre del crítico literario que una vez, leyendo los apuntes de un afamado escritor --el cual había escrito con mala caligrafía esta frase: “Un hombre va a un casino y gana un millón de dólares, pero cuando llega a su casa se suicida”--, quedó conmovido, pues se supone que nadie se suicide cuando es rico, millonario. La conclusión a la cual llegó el crítico fue que, a partir del suicidio del personaje, comenzaba la Segunda Historia, o el cuento en sí, en caso de que fuera una narración corta.

Es importante que todo cuento tenga un conflicto, unas contradicciones, ideas antagónicas. De lo contrario retrocede a la anécdota, queda en un limbo. Claro, puede que algunos duden: los críticos, las reglas, las leyes… Pero para toda empresa en esta vida se necesitan teoría y práctica. La práctica es el criterio de la verdad cuando se apoya en la teoría, y la aplica. Por ejemplo: para aprender a conducir un auto hay que leerse un manual de conducción. Digo esto porque siempre se odia a los críticos literarios. No es lo mismo que te critiquen tu esposa, tus seres queridos. Se necesita oficio para ejercer la crítica imparcial. Luego, paciencia para aceptarla los autores. Algunos piensan que esos críticos son en realidad escritores frustrados que tuvieron que conformarse con el ejercicio de la crítica. Y agrego que si esos críticos literarios son, efectivamente, escritores frustrados, sí lograron identificarse con esa prensa especializada, con el público lector, a través de sus críticas.

Cada narrador, novel o profesional, deambula por las letras, por la etimología de las palabras. Hay autores que abordan la denuncia social, los temas históricos, etcétera. Otros escriben por oficio, para cobrar la mesada, y pueden, claro, abordar también la denuncia social, los temas históricos, etcétera. Cada autor tiene su estilo, ya sea sencillo o complejo, ya sea que utilice un lenguaje transparente, simple, directo o, por el contrario, barroco, complejo, rebuscado.

Recomiendo el Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, dando clic sobre el título subrayado en rojo. Muchas gracias.