miércoles, 10 de noviembre de 2010

Crónicas nudistas

por Ángel Velázquez Callejas

En Cumberland, muy cerca de Playa Hedónica, casi en el límite, Idamanda Rosael se detuvo para narrarle a Richard del Monte, y a un reducido grupo de cumberlanos que los acompañaban, varias facetas incógnitas de Crónicas nudistas. Un libro profundamente amado por los cumberlanos: Idamanda lo sostenía en sus manos sin mirarlo. Tal era el conocimiento de sus detalles, punto por punto, que el libro entero podía ser recitado de memoria.

De pronto se oyó su voz frágil: “¡Morgan German es el precursor de todas nuestras actitudes, y aquí, en el límite, resbala la dignidad de la cultura thamacunesa! El peligro es casi inevitable: ¡el islote puede que naufrague en el límite!”. Era una de las sentencias primordiales de Crónicas nudistas que Idamanda hacia recordar al grupo, en medio de un silencio absoluto.

Súbitamente, un delegado activo que se incorporaba quedó pasmado al ver lo que sucedía. El desbarajuste que presenciaba lo tomó por sorpresa. No podía creérselo. Nudista en el horizonte, La Playa resplandeciente. Una parte del grupo se había atemorizado tanto ante la afirmación de Idamanda que prefería regresar a la ciudad de Cumberland. Otra parte se dispersó y decidió quedarse en el Reducto. Idamanda y Richard del Monte, atónitos, se preguntaron al unísono: ¿Acaso es una imprudencia el Gran Salto Adelante? Ya Idamanda había abordado la cuestión un rato antes. El grupo apenas atendía. Lo daba como un Hecho. Surgía una gran duda.

Al delegado activo no le quedó más remedio que admitir ante Idamanda y Del Monte la veracidad de El Hecho. ¡Nadie cree por sí mismo!, admitió. “Todo lo que se dice en ese libro --dijo el delegado--, está por llegar, y los cumberlanos todavía viven del Reducto, a la vieja usanza. No creen en esa posibilidad. Dudan, dudan y dudan. Ellos están sin llave, por eso dieron el salto hacia atrás. Una vieja debilidad extendida en Cumberland: la gente quiere demostrar que sabe sobre lo que se cuenta en Crónicas nudistas sin apenas conocerlo”. Morgan no estaba siendo pesimista al referirse de forma provocadora a los cumberlanos, sino tratando de producir en ellos el mismo efecto de la labor del Diablo sobre Eva: tentándolos a morder la renaciente gestualidad hedónica del islote.

Esta misma historia está tan extendida en El Hecho que un troll, o un puntoCON, acaban por implantar la ignorancia y el ridículo. Hablan, pero no saben de qué se trata. No existe por lo pronto otra forma más inadecuada que motive el salto hacia atrás.

En La Playa, el mar retumbaba en sus olas, Idamanda se desnudaba, los cumberlanos perdían el oído y la visión para escuchar y ver su silencio.

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