domingo, 21 de noviembre de 2010

El socialismo y la caída del Imperio Romano

12 comentarios:

Anónimo dijo...

1er lugar -- Zoe Valdés -- 0 617 958
2do -- Baracutey Cubano -- 0 836 278
3ro -- Nuevo Acción -- 2 409 904
4to -- Cuba Nuestra -- 2 488 455
5to -- Dr. Octavio Dilewis -- 2 977 974 (mi blog personal)
6to -- Trinchera Cubana -- 3 105 626
7mo -- Cuba Española -- 3 430 398
8vo -- Cuba Inglesa -- 4 408 141
9no -- Cuba Libre Digital -- 4 779 638
10mo -- Damas de Blanco -- 4 898 056

Anónimo dijo...

bueno para CI!

Anónimo dijo...

que mierda es esa?

prater dijo...

La mitad de esos click de ci son mios!

Anónimo dijo...

Trinchera cubana? que diablos es eso?

de una vez por todas dijo...

REINALDO ARENAS: ENTRE LA ARBOLEDA Y EL MURO.

Zoé Valdés.

Para escribir estas palabras me he puesto a caminar por la ciudad oscura y lluviosa; como tú voy buscando algo y todavía no sé, a ciencia cierta, qué es lo que busco con tanta ansiedad. No tengo miedo, porque lo único que puedo comprender hoy es que adonde quiera que caminemos, a donde quiera que vayamos, siempre nos dirigiremos hacia la muerte. Y ella nos estará esperando, deseosa, libidinosa, proscrita, envuelta en el misterio más atrayente. Bendita muerte, cuando ya la tristeza es sólo el nido.

Tengo los calcañales húmedos, y la mirada seca, de buscar, indagar, investigar… Investigar, una palabra que tú amabas tanto. Tú, el escritor acusado de imprudente, de impertinente, de rebelde, de descuidado. Qué raro, nunca te acusaron de libertario, de justiciero, de visionario, o sea de gran escritor directamente. Y sin embargo, todas las respuestas a todas las acusaciones están en tu obra. No tengo más que decir de ella. Porque ya eso basta para que los que sientan curiosidad de verdad, belleza y poesía, se nutran de ella, como tú te nutrías de la infancia, de manera persistente, como del paisaje, enredado profanador e iniciador en las encías, cual coagulo que al final no es ya más la sangre, sino una hermosa obra de arte, una mancha escarlata, turbiamente precisa. Puntiaguda, que se vuelve a clavar en la piel, y retorna hacia la garganta, y será el castigo pendiente, el sacrificio inacabable.

Para escribirte, Reinaldo Arenas, he salido a caminar entre muros antiguos, viejos, sucios, cargados de historia, sostenidos por el peso de los siglos, y recuerdo aquel fragmento de texto de tu libro Necesidad de libertad, donde lamentabas no haber tenido el mar en tu niñez, pero te vanagloriabas de haber crecido bordeado del contorno azul montañoso del campo, acunado entre las caderas de la tierra y las laderas del regazo de tu madre. Y aún así, sin haber tenido el mar, tú fuiste un príncipe del mar, qué digo, un dios del océano, que lo cantaste y lo escribiste como nadie. Y allí querías ir a dar, después de tu muerte, a ese mar verdiazulísimo de tu isla, la que describiste a la deriva en El color del verano, que es la Ilíada cubana. Allí, a ese mar, no sé si por fin te han llevado, con tus polvos, que son tus cenizas y también las epístolas espumosas de esperma de todos tus amantes.

Voy paso a paso, caminando contigo, o sea, con tu obra, fragmentada en los recuerdos; te imagino entre los muros neoyorkinos, mordiendo el hormigón en pleno invierno, y sonrío, porque fuiste tan coherente, tan fiel a esa obra, que preferiste renunciar a todos los mares del mundo para ser libre en la brevedad de unos brazos, abiertos a la nieve y al asfalto de la gran urbe. Ibas, como yo, sabiendo que todo cristaliza en la muerte. Y que en pos ella avanzamos, porque basta ya que sea ella la que tenga que desplazarse, y dejemos de ser perezosos por una vez ante esa Gran Dama que es la Parca, lleguemos al Valle de Proserpina, regocijados de haber amado, de haber sido vencidos por el deseo, el único contrincante que cuando la edad nos abruma vale la pena que nos venza, en esa batalla delicada que es el cuerpo poseído por los sentidos.

de una vez por todas dijo...

REINALDO ARENAS: ENTRE LA ARBOLEDA Y EL MURO.

Zoé Valdés.

Para escribir estas palabras me he puesto a caminar por la ciudad oscura y lluviosa; como tú voy buscando algo y todavía no sé, a ciencia cierta, qué es lo que busco con tanta ansiedad. No tengo miedo, porque lo único que puedo comprender hoy es que adonde quiera que caminemos, a donde quiera que vayamos, siempre nos dirigiremos hacia la muerte. Y ella nos estará esperando, deseosa, libidinosa, proscrita, envuelta en el misterio más atrayente. Bendita muerte, cuando ya la tristeza es sólo el nido.

Tengo los calcañales húmedos, y la mirada seca, de buscar, indagar, investigar… Investigar, una palabra que tú amabas tanto. Tú, el escritor acusado de imprudente, de impertinente, de rebelde, de descuidado. Qué raro, nunca te acusaron de libertario, de justiciero, de visionario, o sea de gran escritor directamente. Y sin embargo, todas las respuestas a todas las acusaciones están en tu obra. No tengo más que decir de ella. Porque ya eso basta para que los que sientan curiosidad de verdad, belleza y poesía, se nutran de ella, como tú te nutrías de la infancia, de manera persistente, como del paisaje, enredado profanador e iniciador en las encías, cual coagulo que al final no es ya más la sangre, sino una hermosa obra de arte, una mancha escarlata, turbiamente precisa. Puntiaguda, que se vuelve a clavar en la piel, y retorna hacia la garganta, y será el castigo pendiente, el sacrificio inacabable.

Para escribirte, Reinaldo Arenas, he salido a caminar entre muros antiguos, viejos, sucios, cargados de historia, sostenidos por el peso de los siglos, y recuerdo aquel fragmento de texto de tu libro Necesidad de libertad, donde lamentabas no haber tenido el mar en tu niñez, pero te vanagloriabas de haber crecido bordeado del contorno azul montañoso del campo, acunado entre las caderas de la tierra y las laderas del regazo de tu madre. Y aún así, sin haber tenido el mar, tú fuiste un príncipe del mar, qué digo, un dios del océano, que lo cantaste y lo escribiste como nadie. Y allí querías ir a dar, después de tu muerte, a ese mar verdiazulísimo de tu isla, la que describiste a la deriva en El color del verano, que es la Ilíada cubana. Allí, a ese mar, no sé si por fin te han llevado, con tus polvos, que son tus cenizas y también las epístolas espumosas de esperma de todos tus amantes.

Voy paso a paso, caminando contigo, o sea, con tu obra, fragmentada en los recuerdos; te imagino entre los muros neoyorkinos, mordiendo el hormigón en pleno invierno, y sonrío, porque fuiste tan coherente, tan fiel a esa obra, que preferiste renunciar a todos los mares del mundo para ser libre en la brevedad de unos brazos, abiertos a la nieve y al asfalto de la gran urbe. Ibas, como yo, sabiendo que todo cristaliza en la muerte. Y que en pos ella avanzamos, porque basta ya que sea ella la que tenga que desplazarse, y dejemos de ser perezosos por una vez ante esa Gran Dama que es la Parca, lleguemos al Valle de Proserpina, regocijados de haber amado, de haber sido vencidos por el deseo, el único contrincante que cuando la edad nos abruma vale la pena que nos venza, en esa batalla delicada que es el cuerpo poseído por los sentidos.

Anónimo dijo...

REINALDO ARENAS: ENTRE LA ARBOLEDA Y EL MURO.

Zoé Valdés.

Para escribir estas palabras me he puesto a caminar por la ciudad oscura y lluviosa; como tú voy buscando algo y todavía no sé, a ciencia cierta, qué es lo que busco con tanta ansiedad. No tengo miedo, porque lo único que puedo comprender hoy es que adonde quiera que caminemos, a donde quiera que vayamos, siempre nos dirigiremos hacia la muerte. Y ella nos estará esperando, deseosa, libidinosa, proscrita, envuelta en el misterio más atrayente. Bendita muerte, cuando ya la tristeza es sólo el nido.

Tengo los calcañales húmedos, y la mirada seca, de buscar, indagar, investigar… Investigar, una palabra que tú amabas tanto. Tú, el escritor acusado de imprudente, de impertinente, de rebelde, de descuidado. Qué raro, nunca te acusaron de libertario, de justiciero, de visionario, o sea de gran escritor directamente. Y sin embargo, todas las respuestas a todas las acusaciones están en tu obra. No tengo más que decir de ella. Porque ya eso basta para que los que sientan curiosidad de verdad, belleza y poesía, se nutran de ella, como tú te nutrías de la infancia, de manera persistente, como del paisaje, enredado profanador e iniciador en las encías, cual coagulo que al final no es ya más la sangre, sino una hermosa obra de arte, una mancha escarlata, turbiamente precisa. Puntiaguda, que se vuelve a clavar en la piel, y retorna hacia la garganta, y será el castigo pendiente, el sacrificio inacabable.

Para escribirte, Reinaldo Arenas, he salido a caminar entre muros antiguos, viejos, sucios, cargados de historia, sostenidos por el peso de los siglos, y recuerdo aquel fragmento de texto de tu libro Necesidad de libertad, donde lamentabas no haber tenido el mar en tu niñez, pero te vanagloriabas de haber crecido bordeado del contorno azul montañoso del campo, acunado entre las caderas de la tierra y las laderas del regazo de tu madre. Y aún así, sin haber tenido el mar, tú fuiste un príncipe del mar, qué digo, un dios del océano, que lo cantaste y lo escribiste como nadie. Y allí querías ir a dar, después de tu muerte, a ese mar verdiazulísimo de tu isla, la que describiste a la deriva en El color del verano, que es la Ilíada cubana. Allí, a ese mar, no sé si por fin te han llevado, con tus polvos, que son tus cenizas y también las epístolas espumosas de esperma de todos tus amantes.

Voy paso a paso, caminando contigo, o sea, con tu obra, fragmentada en los recuerdos; te imagino entre los muros neoyorkinos, mordiendo el hormigón en pleno invierno, y sonrío, porque fuiste tan coherente, tan fiel a esa obra, que preferiste renunciar a todos los mares del mundo para ser libre en la brevedad de unos brazos, abiertos a la nieve y al asfalto de la gran urbe. Ibas, como yo, sabiendo que todo cristaliza en la muerte. Y que en pos ella avanzamos, porque basta ya que sea ella la que tenga que desplazarse, y dejemos de ser perezosos por una vez ante esa Gran Dama que es la Parca, lleguemos al Valle de Proserpina, regocijados de haber amado, de haber sido vencidos por el deseo, el único contrincante que cuando la edad nos abruma vale la pena que nos venza, en esa batalla delicada que es el cuerpo poseído por los sentidos.

de una vez por todas dijo...

REINALDO ARENAS: ENTRE LA ARBOLEDA Y EL MURO.

Zoé Valdés.

Para escribir estas palabras me he puesto a caminar por la ciudad oscura y lluviosa; como tú voy buscando algo y todavía no sé, a ciencia cierta, qué es lo que busco con tanta ansiedad. No tengo miedo, porque lo único que puedo comprender hoy es que adonde quiera que caminemos, a donde quiera que vayamos, siempre nos dirigiremos hacia la muerte. Y ella nos estará esperando, deseosa, libidinosa, proscrita, envuelta en el misterio más atrayente. Bendita muerte, cuando ya la tristeza es sólo el nido.

Tengo los calcañales húmedos, y la mirada seca, de buscar, indagar, investigar… Investigar, una palabra que tú amabas tanto. Tú, el escritor acusado de imprudente, de impertinente, de rebelde, de descuidado. Qué raro, nunca te acusaron de libertario, de justiciero, de visionario, o sea de gran escritor directamente. Y sin embargo, todas las respuestas a todas las acusaciones están en tu obra. No tengo más que decir de ella. Porque ya eso basta para que los que sientan curiosidad de verdad, belleza y poesía, se nutran de ella, como tú te nutrías de la infancia, de manera persistente, como del paisaje, enredado profanador e iniciador en las encías, cual coagulo que al final no es ya más la sangre, sino una hermosa obra de arte, una mancha escarlata, turbiamente precisa. Puntiaguda, que se vuelve a clavar en la piel, y retorna hacia la garganta, y será el castigo pendiente, el sacrificio inacabable.

Para escribirte, Reinaldo Arenas, he salido a caminar entre muros antiguos, viejos, sucios, cargados de historia, sostenidos por el peso de los siglos, y recuerdo aquel fragmento de texto de tu libro Necesidad de libertad, donde lamentabas no haber tenido el mar en tu niñez, pero te vanagloriabas de haber crecido bordeado del contorno azul montañoso del campo, acunado entre las caderas de la tierra y las laderas del regazo de tu madre. Y aún así, sin haber tenido el mar, tú fuiste un príncipe del mar, qué digo, un dios del océano, que lo cantaste y lo escribiste como nadie. Y allí querías ir a dar, después de tu muerte, a ese mar verdiazulísimo de tu isla, la que describiste a la deriva en El color del verano, que es la Ilíada cubana. Allí, a ese mar, no sé si por fin te han llevado, con tus polvos, que son tus cenizas y también las epístolas espumosas de esperma de todos tus amantes.

Voy paso a paso, caminando contigo, o sea, con tu obra, fragmentada en los recuerdos; te imagino entre los muros neoyorkinos, mordiendo el hormigón en pleno invierno, y sonrío, porque fuiste tan coherente, tan fiel a esa obra, que preferiste renunciar a todos los mares del mundo para ser libre en la brevedad de unos brazos, abiertos a la nieve y al asfalto de la gran urbe. Ibas, como yo, sabiendo que todo cristaliza en la muerte. Y que en pos ella avanzamos, porque basta ya que sea ella la que tenga que desplazarse, y dejemos de ser perezosos por una vez ante esa Gran Dama que es la Parca, lleguemos al Valle de Proserpina, regocijados de haber amado, de haber sido vencidos por el deseo, el único contrincante que cuando la edad nos abruma vale la pena que nos venza, en esa batalla delicada que es el cuerpo poseído por los sentidos.

de una vez por todas dijo...

este post de Zoe es para envenenar
a todos los anti-Zoe, por supuesto esta incompleto y por error lo pegue cuatro veces, mis disculpas.

Anónimo dijo...

esta mejorando Zoe. Si hubiera podido sostener ese tono en sus novelas tal vez alguna podria haber pasado la prueba del tiempo.

Anónimo dijo...

Leer en este link del propio blog de la susodicha con qué descaro viajaba de La Habana a Nueva York en los ochenta cuando en Cuba solo los mayimbes podian darse un viajecito como ese al cozaron de la gran potencia enemiga
http://zoevaldes.net/2010/11/21/con-un-enamorado-callejero-en-new-york-foto-gustavo-valdes/